Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

El mal perder

Tal vez es en la caída donde se conoce de verdad la madera de la que están hechos los líderes

Hay una dignidad en la derrota sólo al alcance de algunos, una caída que no supone desdoro alguno para el que la sufre. Pero para alcanzar esa altura moral de saber perder con elegante displicencia hace falta un previo reconocimiento de que esa posibilidad existía, además de constatar la realidad de que te han vencido. Si se piensa, tampoco pasa nada: donde se aprende más es en la bajada porque en la subida todo es autocomplacencia e inflación del ego. De ahí que hasta en Estados Unidos (país que ha consagrado el éxito por encima de cualquier valor) se aprecie mucho por ejemplo a los empresarios que se han arruinado y han vuelto a montar lo suyo.

Pienso mientras escribo en trayectorias como las de Winston Churchil, de quien tanto se recuerda su "sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas" pero poco se dice de su destitución como ministro de Hacienda tras el desastre de las playas de Gallipoli. Recordar a estos grandes de la historia viene bien ahora que hay que rescatar la idea de que sí que existen hombres capaces de hacer algo más que el ridículo cuando llegan a las altas magistraturas del Estado. En España por supuesto y sobre todo en los Estados Unidos, donde el patán que se coló en la Casa Blanca está dando entre sus últimos estertores políticos los zarpazos del felón que lleva dentro.

Recuérdense los grandes cuadros de rendiciones para rescatar la nobleza de la derrota. La rendición de Breda por ejemplo, en la que el general vencido ofrece las llaves al victorioso que las recibe con cortés y amable mirada. Porque después de la batalla hay que reconciliarse. Pero aquel constructor metido a estadista, ese personaje de realities que se coló entre la alta política para mentir a todos y mostrar al mundo su ordinariez autosatisfecha no, no tiene buen perder.

Recuerdo la cara de Obama cuando tuvo que felicitar al matrimonio Trump en aquella insólita toma de posesión que nadie se creía que estuviera sucediendo. Pero era lo que tocaba. La política no es plato dulce para los que no tengan preparado el estómago. Y tal vez es en la caída donde se conoce de verdad la madera de la que están hechos los líderes. De ahí que sea ahora cuando se esté viendo el verdadero rostro de ese Chiquilicuatre que, como el de Eurovisión, nunca debió colarse en el concurso.

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