El niño del rollo

Los belenes invisibles

Inmigrantes y patrimonio industrial, invisibles por separado, se hacen visibles cuando se superponen

Los concejales del equipo de gobierno no se lo explicaban: veían los pastores, los ángeles y hasta el tío cagando, pero no los migrantes del belén. Eran invisibles los Magos, que vinieron de Oriente, y los miembros de la Sagrada Familia, que viajaron de Galilea a Judea para arreglar papeles. Curiosamente, los demás jurados del concurso veían los belenes completos.

Los concejales decidieron mantener su ceguera en secreto, pero esta quedó al descubierto durante el último pleno. Fue cuando una concejala de la oposición, Elisa Cabrerizo, les preguntó por qué no se había activado el PECOL.

El PECOL es un protocolo para atender dignamente a personas migrantes en circunstancias excepcionales. Es un buen protocolo, pero nunca se ha aplicado. Cuando Cabrerizo preguntó por qué, el concejal de Derechos Sociales respondió que no había sido necesario: la subdelegada del gobierno le había explicado que de los inmigrantes ya se ocupan en Motril. Curiosa afirmación, porque asistían al pleno varias inmigrantes gitanas rumanas que protestaban por su desalojo de la Azucarera. No se sabe si el concejal no las veía por ser gitanas o por ser inmigrantes, pero la ceguera estaba confirmada. Parece que tampoco ha visto el concejal esos menores que los demás vemos empujar carros de chatarra, ni las veintidós personas que, tras el desalojo, se hacinan en un piso de cuatro habitaciones.

El concejal sí vio a la subdelegada y, creemos, a los pastorcillos, luego su ceguera le permite reconocer autoridades y otros bultos. No es, pues, la del equipo de gobierno una ceguera completa, aunque sí amplia. También impide ver ciertas casas vacías, propiedad de administraciones públicas, de bancos y de la Iglesia. Esas casas podrían utilizarse para alojar personas sin hogar (de fuera o de aquí) pero parecen tan invisibles como sus posibles ocupantes.

La ceguera es intermitente. Las mismas administraciones y el mismo banco que durante décadas no han visto el deterioro de la Azucarera comenzaron a preocuparse por él cuando unas familias se refugiaron en las ruinas. Este belén sí lo vieron, y mandaron a la policía. Curioso efecto óptico: los inmigrantes y el patrimonio industrial, invisibles por separado, se hacen visibles cuando se superponen.

Ya glosó el poeta la pena de ser ciego en Granada. No es menor la de ser invisible. En Granada hay muchos belenes invisibles. Que en 2020 vean quienes quieran ver y se hagan visibles las personas invisibles. Feliz año para todos.

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